Y se repartía a cada uno según su necesidad. (Hechos 4: 35)
Dar de corazón, dar sin evasivas, dar sin esperar, darse por entero... Dar no disminuye, sino por el contrario, nos ensancha y ennoblece, nos asemeja a Dios y nos hace más sensibles a las necesidades del prójimo. Dar es una aventura, una misión, una empresa divina, que se realiza con amor y con fe. Dar es devolver, es armonizar con el plan divino, es entender la ley de la siembra y la cosecha, la justa correspondencia, la adecuada reciprocidad. Dar es amar, es entregarse, es protegerse de la injusticia, del egoísmo, del orgullo y la desgracia. Dar es liberar, es vaciarse para seguirse llenando, es atraer la bendición constante de poder decir: ¡Mi copa está rebozando! “El bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida”
Cuando la gratitud invade nuestra vida, dar viene a ser una consecuencia natural de un corazón generoso, dar se convierte en un deleite y en una necesidad, dar es aproximarse a la intención divina de compartir. La medida en que damos determina la calidad de nuestra vida, la generosidad de nuestra alma y el amor hacia los demás. Dar es invertir porque la semilla de la grandeza no germina sino se siembra primero. Dar con autenticidad es elevarse muy por encima de los promedios, las conveniencias y las mezquindades propias de la persona que no conoce el amor de Dios.
Dar pero no para ser vistos, tampoco dar por obligación, mucho menos dar para que nos den; si no dar con fe y con amor. Lo que retenemos al no saberlo usar lo podemos perder, porque lo que retenemos o se divide o se resta, pero lo que damos se suma y hasta se multiplica. La semilla que sembramos debidamente habrá de germinar y producir de un treinta a un sesenta, y hasta un cien por ciento. Estas son leyes secretas que funcionan en el reino de Dios, y solamente las pueden entender los entendidos, los que han tomado con seriedad las palabras de Jesucristo y lanzan sus semillas al viento no para especular, sino para esperar grandes resultados.
Cada vez que abras tu mano para dar, atraes bendiciones para tu propia vida, porque a Dios eso le agrada, el proverbista dice que el que al pobre extiende su mano, a Dios le presta. Si no quieres que la desgracia o la necesidad toquen a tu puerta, aprende a ser justo en todos los tramites de tu vida, da de tu tiempo, de tus dones, de tu energía, de tus capacidades, de tu dinero, da el perdón aún cuando no te lo pidan. No esperes que sobre para entonces dar, sobra cuando das y se multiplica cuando compartes. Tu trigo y tu aceite nunca disminuirán si tienes la disponibilidad de compartir.
La Palabra de Dios enseña que quien siembra escasamente, también escasamente segará; y quien siembra generosamente, generosamente también segará. Esta ley es de carácter irrevocable, su flexibilidad depende de nuestro egoísmo o de nuestra generosidad. De lo que podemos estar seguros es que no podemos culpar a otros, ni mucho menos creer en la buena suerte. Cuando las leyes de Dios son bien entendidas y aplicadas, las promesas divinas no se hace esperar. No esperes golpes de suerte, asume tu responsabilidad, sé fiel de acuerdo a tus posibilidades, no esperes tener para compartir, paga lo que debes y fomenta el principio bíblico del diezmo; con el tiempo descubrirás que tu siembra ha producido, que tienes para seguir compartiendo, y que más bienaventurado es dar que recibir.
Los ahorros de toda la vida un día pueden llegar a perderse o a devaluarse, la única manera genuina de atesorar en dando e invirtiendo donde los ladrones no hurtan, ni la polilla corroe. Un corazón generoso que ama la obra de Dios contribuyendo para el engrandecimiento de la misma, será prosperado en todo, no es solvencia sino abundancia lo que Dios asegura, además como dice la misma Palabra: La bendición de Jehová en la que enriquece, y no añade ninguna tristeza. La dicha y el gozo se desbordan cuando tenemos todo lo suficiente, y reconocemos que la verdadera riqueza está en un alma generosa. Aún cuando los precios hayan subido y la economía nacional se vea amenazada, los hijos de Dios que han aprendido el maravilloso don de dar, nunca tendrán desgracias que lamentar.
Lo que damos nunca se pierde, se pierde lo que egoístamente guardamos. Dios es generoso y sumamente misericordioso, cuando compartimos y damos como estilo de vida, Dios indudablemente se siente orgulloso de tener hijos e hijas como tú. Así como abres tu mano para recibir, aprende a abrirla también para compartir. En un mundo lleno de injustas desproporciones, Dios quiere usar tus manos para bendecir su obra y bendecir a los demás.