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La bendición de un corazón agradecido
Salmo 100
La verdadera acción de gracias no está limitada a un día del año en particular, ni tampoco confinada a ser una práctica silenciosa y privada, sino por el contrario, tendría que ser una continúa y gozosa celebración que brota de un corazón que reconoce la grandeza y misericordia de Dios. Un verdadero cristiano no puede reprimir el deseo de bendecir el nombre de Dios haciendo pública la alabanza y la gratitud. Cuando realmente se ha tomado conciencia de la gracia de Dios los límites dentro de nosotros se desbordan y un río de alabanza comienza a irrigar nuestras arideces para transformarlas en espléndidos vergeles donde brota la gratitud.
El sentir del salmista en su declaración poética del salmo 100 recoge este sentimiento. Descubrimos que a través de los siete verbos imperativos que el salmo contiene, la alabanza y la acción de gracias buscan expresión: Cantad alegres a Dios, servid a Jehová con alegría, venid ante su presencia con regocijo, reconoced que Jehová es Dios, entrad por sus puertas con acción de gracias, alabadle, bendecid su nombre. En la versión inglesa KJV la declaración es “hagan un estruendoso ruido de gozo.”
Claramente se pone de manifiesto que la alabanza y la gratitud no pueden limitarse a ser un quieto y privado sentimiento, sino algo que se convierte en experiencia de conocimiento público. Lo que algunos han dado en llamar cultos solemnes o de tradición conservadora, mas bien quizás sean cultos rígidos y calculados, en donde el gozo tiende a desvanecerse por falta de genuina gratitud, alabanza y adoración. Muchas cosas de las que solemos implementar en nuestros servicios de adoración, pueden ser rutinarios y saturados de un elaborado profesionalismo, en donde falta la unción, la gracia y la comunión. Quizás el altar se prepara, pero el fuego de Dios no lo enciende.
El fariseo fue al templo supuestamente para dar gracias a Dios, pero sobre una base de excesivo alto concepto de sí mismo. Si leemos con detenimiento la parábola del fariseo y el publicano notaremos que él daba gracias a Dios por diezmar y ayunar, y por ser mucho mejor que los demás; mientras que el publicano reconocía sus faltas y pedía perdón. Usualmente la persona arrogante es también ingrata, se burla de los demás, se jacta de sus proezas, emite juicios sin conocer la verdad, es autosuficiente y se esmera por ser reconocida. Le disgusta la dicha de otros y le amarga que se reconozcan las virtudes del prójimo.
La verdadera acción de gracias tiene el propósito definido de reconocer que “Jehová es bueno, que su misericordia es eterna y su verdad por todas las generaciones; todas estas declaraciones se mueven con una apasionada fuerza que busca expresión: “Entrad por sus puertas con acción de gracias” Dramáticamente nuestras vidas se verían transformadas si en vez de vivir rumiando nuestras quejas disfrazadas de piedad, nos dispusiéramos a cultivar una actitud de alabanza y gratitud. Si en vez de vivir preocupados por la imagen que proyectamos, tuviésemos el valor de aceptarnos tal como somos y celebrar la maravillosa experiencia de ser criaturas redimidas con la sangre preciosa de Cristo. Si en vez de censurar o condenar a los que no son tan buenos como nosotros, tuviésemos aprecio los unos por los otros, estimándoles sino como superiores, y como miembros de cuerpo de Cristo. Si pudiésemos hacerle guerra a muerte a nuestro ego, crearíamos avenidas de concordia y puentes para la edificación mutua.
Una mujer que amaba mucho a su marido, esperó hasta el día de su funeral para decirle, ante los demás por supuesto, que “siempre lo amaría y que su recuerdo, sería su permanente compañía”. Así solemos ser los seres humanos aún en nuestra relación con Dios. Conste que no me refiero a usted, sino al que está a su lado. Hay situaciones en que a una familia se le acoge con amabilidad, se le dan privilegios para servir, se les hace sentir bien, pero lamentablemente el rencor acumulado del pasado, la ingratitud y la costumbre de criticar, no les permite ver lo bueno de la iglesia, ni del pastor, ni de las demás familias, y a la primer oportunidad, exhalan su veneno y evidencian su deformado cristianismo.
En una congregación cristiana en donde no hay lugar para la gratitud, para un amén, un aleluya, o un gloria a Dios, tampoco hay lugar para esa preciosa joya llamada acción de gracias. La Palabra de Dios nos exhorta a dar gracias a Dios en todo, y es que tener un corazón agradecido y contar las bendiciones de Dios es la mejor medida preventiva contra el orgullo, el egoísmo, el afán y la amargura. Cultivar la gratitud nos vuelve más devotos a Dios, menos murmuradores y más sensibles a las necesidades ajenas. Ser agradecidos trae bendición en familia, fortalece la iglesia, minimiza las tensiones sociales y mejora increíblemente la salud.
Cesar O Ayala, Pastor
Iglesia Bautista de Westchester
Miami, Florida

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